Cuan refrescante es beber un buen vaso de agua luego de haber estado afuera bajo el intenso sol.  El agua te alivia la sed y te restaura los sentidos.  También es refrescante al alma cuando pasamos un hermoso atardecer en compañía de personas especiales para nosotros.  Compartimos pláticas y aun el silencio mientras nos deleitamos en contemplar los cambios de colores en el cielo y disfrutar su compañía.  Dios nos invita a refrescar nuestras almas en Su compañía.

Piensa en la última vez que disfrutaste en compañía de seres queridos y lo que lo hizo memorable.  ¿qué marcó ese tiempo juntos? ¿El compartir recuerdos? ¿El reír juntos de las cosas más simples? ¿Las conversaciones de temas profundos al compartir lo que aquejaba tu corazón? Son tiempos especiales porque tú confías en ellos; ellos te entienden.  Te conocen tan y tan bien que hasta completan tus oraciones.  Saben lo que está en tu corazón.

¡DIOS TE ENTIENDE!  Te conoce mejor que nadie.  Él te formó.  Te conoce desde que estabas en el vientre de tu madre. El Señor te invita a que tengas una relación más profunda con Él y te deleites en Él (Salmo 37:4).  ¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste de estar acompañado de Dios?  No hablo de la última vez que fuiste a la iglesia, sino de deleitarte en Su compañía. Dios nos invita a seguirle a EL, no a tradiciones religiosas.

La historia de la mujer samaritana ilustra esta verdad.  No conocemos su nombre, pero sí su condición…  Ese encuentro en el pozo transformó su vida porque Jesús le ofreció el agua de vida que tanto anhelaba.  Jesús le extendió una invitación inesperada que ella aceptó:

John 4:10, 14“Jesús le dijo: “si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva… pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.””

En el transcurso de la conversación entre Jesús y esta mujer, entendemos que Jesús quiere que compartamos con Él lo bueno y lo malo.  Cuando compartimos lo bueno, Jesús se goza y ríe con nosotros.  Cuando compartimos lo malo, a Él no le molesta escuchar de nuestros labios lo que ya sabe. Entiende cómo nos sentimos.  Nos escucha atentamente y nos consuela con su presencia, sobre todo en esos momentos donde no tenemos palabras y sólo nuestras lágrimas cuentan la historia.  Él entiende nuestro silencio y nuestra pena cuando estamos deprimidos.  Él entiende nuestros temores cuando enfrentamos nuevos retos.  También entiende nuestro dolor cuando aquellos cercanos a nosotros nos hieren. Es en esos momentos que nos infunde gracia para aceptar, para perdonar, para seguir amando y esperando pacientemente, para tener esperanza.  Su profundo amor está siempre presto para enseñarnos a amar santamente.

A la mujer samaritana en el pozo, la invitación de Jesús le dio llenura, sentido y dirección a su vida.  Al beber del agua de vida, no sólo su sed personal fue saciada, sino que también llevó a otros la misma invitación.

A los discípulos que cuestionaron las intenciones de Jesús al hablar con esta mujer, Jesús les invitó a cambiar su mentalidad de perpetuar las divisiones y diferencias que existían con los samaritanos, por la mentalidad del reino de los cielos, donde la unidad y santidad dentro de la diversidad dada por Dios a cada uno es la que reina.  Jesús nos extiende la misma invitación.

Jesús nos invita a sentarnos y beber de Él, no de las circunstancias.  Luego de tantos cambios en el mundo en los últimos años, su invitación permanece.  Al sentarnos con el Señor, aquietamos nuestras emociones, abrimos nuestros oídos espirituales, y recobramos nuestras fuerzas para seguir adelante.  No le molestan nuestras preguntas…

Su invitación es refrescante. Es una oportunidad para recobrar el gozo y asombro de nuestra relación con Cristo.  Nos invita a celebrar el regalo de la salvación y a recibir sus misericordias.  Cuando aceptamos Su invitación, no sólo nosotros somos transformados, sino que otros perciben el cambio en nosotros y son atraídos al Señor por nuestra fe genuina.

Está húmedo afuera, ¿tienes sed? ¡Que tal si aceptas el vaso de agua de vida que Jesús te ofrece!

 

Ejercicio espiritual: Oración simple/respiratoria.

Encuentra un lugar donde puedas estar tranquilamente a solas con Dios.  El Señor quiere ofrecerte de Su agua de vida.

*Aquieta tu mente de distracciones y preocupaciones para centrar tu pensamiento en Dios.  Estás frente a tu creador.  Respira profundo; al inhalar, invita la compañía del Señor.  Usa frases o nombres que invoquen Su presencia. Por ejemplo, “te necesito, oh Dios”.  Al exhalar, afirma su compañía fiel…

  • Recuerda las palabras en Salmo 46:10 “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios”.
  • Cierra tus ojos y concentra tu mente en escuchar de Dios.  Él te llama por tu nombre y te pregunta ¿Qué quieres?
  • Respira nuevamente y responde en forma sencilla y directa lo que está en tu corazón.
  • Descansa por un momento en quietud ante el Señor.
  • Escribe lo que escuchas del Señor como respuesta.  Sacia tu sed en Su presencia.

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